Claves para entender la relación entre el dólar y los commodities



Cuando el dólar cae mucho, como estamos viendo en los últimos años, los grandes inversores globales se olvidan de la fiesta financiera y comienzan a recordar que el valor del dólar, y por extensión de todas las monedas del orbe, no es otro que el valor del papel y de la tinta con la que están impresos los billetes

Sube el petróleo. Los metales. Los granos. El valor de todas las materias primas básicas, commodities en inglés, aparece siempre en las noticias asociado a China y a los biocombustibles. Esto es cierto. La demanda china no para de crecer. Y las industrias de etanol y biodiesel se tragan cada vez mayores cantidades de granos. Pero quedarse sólo en eso sería confundir las consecuencias con las causas.

Los compradores chinos, cuando compran commodities, no pagan con yuanes, sino con dólares. La industria de los biocombustibles goza de buena salud gracias a los gigantescos subsidios que dispensa el gobierno estadounidense. Es decir: la cantidad de dólares en el mundo es enorme y sigue creciendo. Este fenómeno no es producto de la generosidad, sino de una voraz necesidad de financiamiento que tiene el mayor poder militar a nivel global (adivinen cuál).

Para contrarrestar la excesiva oferta de dólares presente en el mercado mundial, el gobierno estadounidense tiene una solución muy práctica: emitir títulos públicos denominados en dólares para absorber billetes del mercado (una inversión más que segura: ellos tienen la máquina de imprimir dólares). Pero si siguen imprimiendo más y más dólares, y la moneda estadounidense vale cada vez menos contra el euro, y además las autoridades monetarias de EE.UU. bajan las tasas de referencia para que muchos deudores hipotecarios norteamericanos no pierdan su casa, con todo esto son cada vez menos los que están dispuestos a comprar o mantener títulos públicos dolarizados. Más bien sucede lo contrario: los administradores de los principales bancos centrales del mundo se están desprendiendo de tales títulos, aunque de manera progresiva y discreta, para evitar un colapso financiero de escala global.

La primera parte de esta película ya ocurrió en los años ´70. Se la conoció como la crisis del petróleo. Pero en realidad debió llamarse la crisis del dólar, porque entonces –más allá de todos los factores políticos involucrados– fue la gran desvalorización del dólar la que obligó a las naciones integrantes de la OPEP a ajustar hacia arriba los valores del petróleo. Hoy, afortunadamente, tenemos nuevos culpables: los chinos (que se les ocurrió, después de siglos de arroz y vegetales, empezar a comer carne) y los biocombustibles (que pronto serán acusados de promover hambrunas en alguna región aún no definida de África).

Los orígenes

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, un grupo de economistas geniales diseñó un nuevo sistema monetario, por medio del cual se acordó que el valor de todas las divisas del mundo sería fijado en función del valor del dólar estadounidense, y el dólar, a su vez, sería una moneda convertible a un valor de 35 dólares por onza de oro.

El dólar pasaba a ser la moneda más importante del mundo, la única con un respaldo en algo tangible, en oro, precisamente porque Estados Unidos fue el gran ganador de la Segunda Guerra. Pero para controlar que los diferentes países no emitieran dinero de manera descontrolada y desbalancearan todo el sistema, había que crear un organismo mundial que, precisamente, se encargara de controlar eso. Fue así como en 1944 se creó el Fondo Monetario Internacional. En este nuevo esquema, todo país que quisiera devaluar o revaluar su moneda en más de un 10%, debía tener autorización del FMI.

El sistema funcionó bastante bien durante un buen tiempo. Pero hacia fines de la década del ´60, el gobierno de Estados Unidos comenzó a requerir una gran cantidad de dinero para financiar gastos militares en el ámbito de Guerra Fría con la Unión Soviética. Y comenzaron a imprimir dólares sin respaldo en oro, cada vez más y más dólares, hasta que llegó un momento en que todos se habían dado cuenta de que la cantidad de dólares que había dando vuelta por el mundo era muy superior a la cantidad de oro que tenía Estados Unidos para respaldar esa emisión. Conclusión: la relación 1 dólar = 35 onzas de oro era ficticia.

En agosto de 1971, el entonces presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, declaró formalmente que el dólar no era convertible en oro, rompiendo así el patrón “oro-dólar”. Y en 1976, en una reunión extraordinaria del FMI realizada en Jamaica, se estableció formalmente la libre flotación de todas las monedas del mundo. A partir de entonces, y hasta nuestros días, la única manera de determinar cuánto vale una moneda es por medio del valor de otra moneda, que a su vez debe valuarse según el valor de otra moneda, y ésta a su vez con otra.

El sistema creado a mediados de los ’40 colapsó, pero no fue reemplazado por ningún otro, y actualmente el sistema monetario mundial está gobernado por grandes especuladores, fondos de pensión, fondos de inversión, compañías de seguros, entre muchos otros, que invierten cantidades descomunales de fondos en una u otra moneda con el propósito de obtener beneficios financieros, producto de las oscilaciones del valor de las diferentes monedas.

Cuando el dólar cae mucho, como estamos viendo en los últimos años, los grandes inversores globales se olvidan de la fiesta financiera y comienzan a recordar que el valor del dólar, y por extensión de todas las monedas del orbe, no es otro que el valor del papel y de la tinta con la que están impresos los billetes. Es ahí cuando empiezan a comprar bienes tangibles para resguardar el valor de su capital, primera tierras, luego oro y plata, petróleo, granos y aceites (y estos últimos, ahora, además de alimentos, son fuente de combustibles). Todo esto contribuye a inflar el precio de los commodities, aunque, claro, no es que éstos suban, sino que es en realidad la moneda estadounidense la mercadería que se deprecia.

El futuro

Todos los que habitamos la Argentina estamos viviendo en estos momentos, lo sepamos o no, de los buenos precios internacionales de los commodities. Si hoy el valor de las materias primas fuese tan bajo como lo fue durante los años 2000 y 2001 (por entonces el dólar valía más que el euro), en la Plaza de Mayo no habría precisamente turistas europeos sacándose fotos. Esto es bueno tenerlo en cuenta, porque, ya sea por las buenas o las malas, la superemisión de dólares y la inflación a escala global no van –no pueden– durar para siempre.

Si levantamos un poco más la vista, y nos olvidamos de las banderas y los límites geográficos que aprendimos en la escuela, vemos que la desvalorización del dólar y su contrapartida, el ajuste de valor de los commodities, no es un fenómeno gratuito. Porque las naciones con mayor capacidad para producir materias primas básicas son, casualmente, aquellas que aún conservan ecosistemas naturales. Todo esto genera una presión excesiva sobre los sistemas naturales –encargados de la regulación bioclimática del planeta– que en algún momento podría llegar a transformarse en una hipoteca impagable para las futuras generaciones.

Si el mundo fuese una sola nación, en lugar de gastar cantidades ciclópeas de dinero en armas y tanques, dedicaría esos recursos para proteger los ecosistemas naturales que aún quedan en pie, cuyos servicios ecológicos serían carísimos de reemplazar si la ciencia tuviese que hacerse cargo de ellos (siempre y cuando eso sea factible, algo improbable a la fecha). El drama de todo esto es que el sistema financiero global, sustentado en el dólar y administrado por la Reserva Federal de EE.UU., tiene obligaciones globales pero intereses particulares. Preocupante. A menos, claro, que existan otros medios no ortodoxos para asegurar la supervivencia de los ecosistemas no transformados por el hombre.

 Fuente:Ezequiel Tambornini

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